Una ciudad sin gente no tiene valor. La naturaleza sin gente tiene un valor por sí misma.
Dicen que los edificios se desmoronan solos si no son habitados, mientras que con los bosques y los ríos parece ocurrir lo contrario. En comparación con la variedad de ecosistemas que produce la naturaleza, las ciudades son prácticamente idénticas unas a otras. La fuerza de la ciudad no está en el medio (un medio artificial y cambiante) sino en la gente: concretamente en la cantidad de gente, que es lo que determina sus servicios.
En la ciudad la desproporcionada importancia de la gente con respecto al medio es tal que puede hablarse de una masa de gente sin medio: la gente actúa sobre la gente, la gente se relaciona con la gente, la gente piensa, siente y proyecta sus vidas sobre la gente, la gente es la barrera que impide o la puerta que permite hacer algo a la gente. Es una artificial endogamia de gente. No en vano la democracia (la fuerza de la gente) nació en una ciudad.
Pienso en la ciudad como en un carnaval eterno: una situación excepcional (una reunión de gente celebrando algo) que se prolonga indefinidamente. Las ciudades son monstruosas acumulaciones de gente que restan valor a la persona (el bosque impide ver el árbol). No existe el medio como referencia. La naturaleza es algo ajeno que hay que conservar o explotar, no algo vivo que interactúe con nuestras vidas. El invierno en la ciudad es simplemente un cambio de temperatura sin otras consecuencias. El cielo en la ciudad no existe: no están las estrellas para recordarnos nuestra realidad geográfica y espacial. El ciudadano es extremadamente geocentrista. El individuo “se retira” al campo, es decir: se aísla, se autoexcluye, renuncia al mundo, se jubila socialmente, hace votos de ermitaño, se lo traga la nada. Nunca es, sencillamente, un cambio de medio.
La vida en la ciudad está sobrevalorada.
La vida en la ciudad es una experiencia artificial que satisface necesidades igualmente artificiales: sólo en la ciudad encuentras una tienda de perfumes porque sólo en la ciudad necesitas un perfume.
El ciudadano cree necesitar el silencio sin desearlo realmente. El silencio es para un ciudadano algo inquietante y tan artificial como el resto de su existencia; el silencio en la ciudad es una tensión: algo está a punto de ocurrir, o algo debería estar ocurriendo y no ocurre.
La mayoría de las personas con inquietudes artísticas o espirituales (desde los emperadores romanos hasta los escritores modernos, pasando por mucha gente anónima) han desarrollado su juventud en la ciudad, han aprovechado sus oportunidades sociales, culturales, profesionales… hasta que, súbitamente, han encontrado el fondo, el muro, la limitación. Ya no quieren más baile de máscaras. Deciden entonces vivir su madurez en la naturaleza, no tanto por placer o cansancio como porque sienten que hay algo que deben aprender, sin saber muy bien el qué. Quizás algo real que tenga que ver con una vida real.


